La figura de Mata Hari, espía, bailarina exótica y mito erótico, ha fascinado al cine desde prácticamente sus inicios. Su vida real, llena de sombras, medias verdades y un juicio por espionaje en plena Primera Guerra Mundial, ha dado pie a películas muy distintas entre sí: desde superproducciones clásicas hasta cintas italianas, francesas, españolas y, cómo no, una versión estadounidense de corte abiertamente erótico estrenada en 1985.
En este artículo vamos a recorrer de forma detallada la historia real de Margaretha Geertruida Zelle, el origen del mito de Mata Hari, su relación con el espionaje, y todas las adaptaciones cinematográficas que la han convertido en leyenda, dedicando especial atención a la película de 1985 dirigida por Curtis Harrington y protagonizada por Sylvia Kristel, cuya fecha de estreno y contexto analizaremos con lupa.
Quién fue realmente Mata Hari
Antes de hablar de la película de 1985, conviene aclarar quién fue la mujer que se escondía tras el nombre artístico Mata Hari. Margaretha Geertruida Zelle nació en 1876 en Leeuwarden, en los Países Bajos, dentro de una familia holandesa convencional, muy lejos del exotismo oriental que más tarde vendería como parte de su personaje público.
Durante su juventud se casó con un militar neerlandés y, como consecuencia de ese matrimonio, vivió entre 1897 y 1902 en la isla de Java, entonces parte del Imperio colonial holandés. Esa estancia en las Indias Orientales neerlandesas fue clave: allí tomó contacto con tradiciones locales, estilos de baile y relatos sobre el Oriente que después reciclaría, adornaría y exageraría cuando se reinventó como artista en Europa.
Cuando regresó a Europa, y tras la ruptura de su matrimonio, Margaretha decidió reinventarse por completo. Para promocionarse como bailarina exótica, se presentó como princesa javanesa, hija de un supuesto sacerdote bráhmán y conocedora de antiquísimas artes amatorias orientales. Todo formaba parte de una elaborada campaña de imagen: una mezcla de marketing agresivo y pura fantasía, posible gracias a su aspecto moreno, sus ojos oscuros y una fuerte presencia escénica.
El nombre artístico escogido fue “Mata Hari”, una expresión que en indonesio, unida como “matahari”, significa literalmente “sol” o “ojo del día”. El exotismo del nombre reforzaba la sensación de misterio. Antes de consolidar esta identidad, incluso llegó a usar otro seudónimo, “Lady MacLeod”, aprovechando el apellido de su exmarido; lo mantuvo en carteles y anuncios hasta 1912, cuando el auténtico MacLeod la demandó y tuvo que dejar de utilizarlo.
Ascenso como bailarina exótica y mito erótico
La fama de Mata Hari no se debió tanto a una técnica depurada como bailarina, sino a una combinación de carisma, carga erótica y teatralidad exótica. Los testimonios de la época y los análisis históricos coinciden en que era autodidacta, y que sus danzas tenían poco que ver con estilos auténticos de la India, Oriente Medio o el Sudeste Asiático, aunque ella las presentara como rituales orientales milenarios.
Sus espectáculos, especialmente alrededor de 1905 y 1906, consistían en coreografías en escenarios fastuosos, con un atrezzo orientalista y un vestuario que se iba despojando progresivamente. El verdadero reclamo no era la “pureza” del baile, sino que la alta sociedad europea -tanto hombres como mujeres- podía, por primera vez, contemplar en público a una mujer desnudándose de forma calculadamente artística.
De este modo, Mata Hari se convirtió en una especie de pionera del striptease socialmente aceptable: un espectáculo que se vendía como arte refinado, envuelto en perfumes exóticos, mitología india y mística oriental, pero cuya base era el erotismo. Su público principal estaba formado por aristócratas, militares, financieros y figuras influyentes que acudían tanto por morbo como por curiosidad estética.
Su atractivo no residía exclusivamente en la belleza clásica. Aunque las películas posteriores la han presentado como un icono de perfección física, los cronistas enfatizan más bien su magnetismo personal y su enorme capacidad de seducción. Lo que la hacía inolvidable no era tanto el rostro como esa mezcla de misterio, seguridad en sí misma y capacidad para manejar el deseo ajeno a su favor.
Tras sus años de mayor éxito, a partir de 1906 sus contratos empezaron a reducirse en número y en caché. Entre 1905 y 1915 fue bajando el nivel de sus actuaciones, que pasaron de los escenarios más lujosos de París a compromisos más modestos. Esa decadencia profesional la empujó a depender cada vez más económicamente de sus amantes y protectores.
Mata Hari y la Primera Guerra Mundial: amante, cortesana y presunta espía
En la década de 1910, Mata Hari ya no vivía de sus ingresos como artista, sino sobre todo de sus relaciones personales. Sus circunstancias económicas eran muy cambiantes: en ocasiones se alojaba en los mejores hoteles de París, rodeada de lujos, y en otras apenas disponía de dinero para mantenerse, con períodos de auténtica estrechez material.
En este contexto, no fue extraño que en ciertos momentos recurriera a lo que distintas fuentes describen como prostitución ocasional o relaciones claramente interesadas. Sin embargo, incluso en esos trances, se sabe que era selectiva con sus amantes y rechazaba a muchos pretendientes. Su preferencia declarada era clara: como decía ella misma, prefería “un pobre oficial a un banquero rico”. Esa inclinación por los militares, en plena época de tensiones bélicas, terminaría jugando un papel clave en su destino.
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, el perfil de Mata Hari como cortesana de lujo con contactos en varios ejércitos -gracias a sus numerosos amantes con uniforme, de distintas nacionalidades- levantó sospechas en los servicios de inteligencia. Su vida nómada, sus frecuentes viajes entre países enfrentados y su fama en los círculos de poder la convertían en una candidata perfecta para el espionaje… o, al menos, para servir de chivo expiatorio.
En agosto de 1916, el capitán Georges Ladoux, jefe del contraespionaje francés, la citó para hablar con ella. Le explicó que, según los servicios británicos, era considerada una espía alemana. Ladoux aseguró no compartir esa opinión, pero le propuso trabajar para Francia. Se trataba teóricamente de una sola misión de alto nivel, por la astronómica suma de un millón de francos, una cifra impresionante en aquel momento.
Mata Hari aceptó. Sin embargo, su incursión en el mundo del espionaje fue mucho menos glamourosa de lo que el mito ha vendido con el tiempo. Su verdadera carrera como espía fue corta, torpe y plagada de errores ingenuos, sobre todo si se compara con otros agentes profesionales de la época, mucho más discretos y entrenados.
Entre dos fuegos: doble juego, dinero alemán y errores fatales
Tras aceptar la oferta francesa, Mata Hari puso rumbo a Bélgica para iniciar su misión, pero fue detenida por las autoridades británicas, que la confundieron con otra espía. Después de ser puesta en libertad, sus movimientos la llevaron hasta Madrid, y es allí donde, en realidad, se concentra casi toda su actividad como presunta agente doble, en apenas un par de semanas de diciembre de 1916.
Desde la capital española, decidió acercarse a la embajada alemana con la intención de ganarse la confianza del enemigo y, supuestamente, trabajar como doble agente al servicio de Francia. El problema es que, según los informes, su manejo de la información y de las comunicaciones fue extremadamente imprudente.
Los militares alemanes detectaron muy pronto que Mata Hari no tenía verdaderos conocimientos de espionaje. Se sabe que cometió errores básicos, como discutir asuntos sensibles en cartas sin cifrar o a través de conversaciones telefónicas ordinarias, y que se negó a usar tinta invisible, una herramienta ya habitual en los servicios secretos de la época.
El agregado militar alemán habría tardado muy poco en descubrir que era un elemento poco fiable. Es probable que, desde el punto de vista germano, fuera considerada una agente inútil o incluso una molestia. Para complicar todavía más las cosas, meses antes, en mayo de 1916, Mata Hari había aceptado de los alemanes un pago de veinte mil francos, una cantidad importante que se convirtió en prueba clave durante el juicio que vendría después.
Ella siempre sostuvo que ese dinero era una compensación por unas pieles que había perdido debido a acciones de ese país, y que jamás realizó trabajos de espionaje real para el Imperio alemán. Si esa versión fuera cierta, podría explicar por qué los alemanes no la aprovecharon para desinformar a los franceses, sino que más bien la dejaron a su suerte. Sin embargo, en el proceso judicial francés esa explicación no convenció a los jueces.
El juicio, la condena y la ejecución de Mata Hari
De regreso a París, Mata Hari pensaba que había manejado bien la situación y que había obtenido información útil del agregado alemán, pero estaba muy lejos de la realidad. Las autoridades francesas, presionadas por el contexto de guerra total y la necesidad de escarmentar a supuestos traidores, centraron en ella sus sospechas. Su fama, sus relaciones con militares de varios bandos y su estilo de vida la convertían en la candidata perfecta para un gran proceso ejemplarizante.
Durante el juicio militar, gran parte de las pruebas y testimonios no se hicieron públicos de forma completa. Diversos historiadores señalan que no se permitió declarar a varios testigos que podían haberla favorecido y que nunca se presentó la totalidad de la documentación relevante. El clima era de histeria bélica: Francia buscaba responsables por sus desastres militares, y una espía glamourosa servía mejor que un oscuro burócrata.
La corte se apoyó con fuerza en la aceptación de aquel pago alemán de veinte mil francos, interpretándolo como una retribución por servicios de espionaje. Para los jueces, la combinación de ese dinero, sus movimientos internacionales y su relación con oficiales enemigos fue suficiente para dictar sentencia condenatoria.
El 15 de octubre de 1917, la historia de Margaretha Geertruida Zelle llegó a su fin. Fue ejecutada por fusilamiento en Francia, con 41 años, muy lejos ya de sus tiempos de mayor gloria como bailarina exótica. Para entonces, sus días de escenarios y aplausos quedaban atrás; hacía años que su fama artística se había desvanecido, sustituida por una reputación marcada por el escándalo y la sospecha.
Curiosamente, con el tiempo, varios espías y mandos de inteligencia alemanes han negado que Mata Hari formara parte de una red seria de espionaje germano. Nunca la reivindicaron como una gran agente, lo que ha alimentado el debate histórico sobre hasta qué punto fue realmente culpable o si, en parte, fue una víctima de su propio personaje y del deseo francés de encontrar un símbolo de traición al que culpar.
El mito de Mata Hari en el cine
Después de su muerte, la figura de Mata Hari creció hasta convertirse en símbolo mundial de la femme fatale espía. El cine, siempre ávido de historias de intriga, erotismo y guerra, no tardó en apropiarse de su leyenda y moldearla a su antojo, a menudo alejándose bastante de los hechos documentados.
Una de las primeras grandes adaptaciones llegó en 1931, cuando Hollywood produjo una película protagonizada por Greta Garbo y Ramón Novarro, dos estrellas de primer nivel de la época. La dirección corrió a cargo de George Fitzmaurice. Aunque el filme intentaba, sobre el papel, ser relativamente fiel a la biografía de Margaretha Zelle, en la práctica primó el melodrama romántico y el glamour por encima del rigor histórico.
En esa versión clásica se reforzó la idea de Mata Hari como espía consumada y gran manipuladora, una versión más propia del imaginario colectivo que de los archivos militares. Desde entonces, la imagen cinematográfica de la espía fatal eclipsó casi por completo a la mujer real, mucho más contradictoria, insegura y torpe como agente.
La historia inspiró también al cine italiano. En “La hija de Mata Hari”, dirigida por Carmine Gallone, la trama se desplaza a Java y presenta a una supuesta descendiente de la espía, que trabaja en un cabaret local. Un príncipe se enamora de ella, mezclando de nuevo lujo, exotismo y romance. Aquí, el mito de Mata Hari sirve como excusa para una historia de amor ambientada en escenarios coloniales, más que como una recreación histórica.
El cine francés volvió sobre el personaje en “Mata Hari, agente H21”, película que la convierte en una agente secreta en el París de la Primera Guerra Mundial. Dirigida por Jean-Louis Richard, contó con la colaboración en el guion del reconocido cineasta François Truffaut y estuvo protagonizada por Jeanne Moreau y Jean-Louis Trintignant. La cinta adapta la historia para hacerla encajar en las sensibilidades de los años sesenta, reforzando el tono de intriga y ambigüedad moral.
Versiones españolas y reinterpretaciones cómicas
La fascinación por Mata Hari no se quedó en Hollywood, Italia o Francia. El cine español también se atrevió a jugar con su mito, aunque desde un enfoque completamente distinto. Mariano Ozores, conocido por sus comedias populares, llevó una versión muy libre y paródica de la historia a la gran pantalla.
En esa adaptación, los papeles principales recaen en Gracita Morales y José Luis López Vázquez, dos de los grandes nombres del humor español de la segunda mitad del siglo XX. Lejos de la solemnidad de otros filmes, el objetivo aquí era sacar partido cómico a la figura de la espía, explotando situaciones disparatadas y chistes de enredo a partir del contexto original.
Esta aproximación demuestra hasta qué punto Mata Hari se había transformado en un icono cultural maleable: tan válida para dramas históricos como para comedias disparatadas. Su nombre se había convertido en sinónimo de mujer peligrosa, seductora y vinculada al espionaje, incluso para quienes apenas conocían su verdadera biografía.
En todas estas versiones, la espía neerlandesa aparece como una mezcla de sensualidad, traición, aventura y misterio, pero rara vez como la mujer real que fue, con sus dudas, su mala gestión económica, sus decisiones equivocadas y una vida marcada por la necesidad y el deseo de ascender socialmente.
El salto definitivo hacia la explotación abiertamente erótica del mito llegaría, sin embargo, de la mano de una productora muy particular y de una actriz que ya era un referente del cine erótico europeo: Sylvia Kristel.
La película Mata Hari de 1985: erotismo, Cannon y Sylvia Kristel
En 1985 se estrenó una nueva película centrada en el mito de Mata Hari, esta vez bajo la dirección de Curtis Harrington y producida por Cannon Films, compañía famosa en los años ochenta por su enfoque comercial y su tendencia a explotar argumentos llamativos sin grandes complejos artísticos. El filme tenía un objetivo muy claro: aprovechar el tirón del personaje para ofrecer un espectáculo de corte erótico.
La protagonista fue Sylvia Kristel, actriz neerlandesa que se había convertido en mito erótico una década antes gracias a la saga “Emmanuelle”. Su elección como Mata Hari no fue casual ni inocente: enviaba un mensaje directo al público potencial de la película, que podía esperar una versión más sexualizada de la historia, con abundantes escenas de desnudo y seducción.
La trama de la película de 1985 se inspira de manera libre en la biografía de Margaretha Zelle. Recoge algunos elementos básicos de su vida -su pasado como bailarina exótica, su relación con militares de alto rango, su implicación en el espionaje durante la Primera Guerra Mundial y su juicio-, pero los adapta para que sirvan de hilo conductor a numerosas escenas eróticas protagonizadas por Kristel.
En la película, el personaje de Mata Hari aparece como la mujer más tentadora y peligrosa en una Europa devastada por la guerra, capaz de sonsacar secretos de Estado a hombres poderosos de ambos bandos del conflicto. Se recalca que no pertenece a ninguna nación, que su lealtad es únicamente hacia sí misma y que su sensualidad es, al mismo tiempo, arma y condena.
El objetivo principal del film, más que profundizar en la compleja cuestión de su culpabilidad o inocencia como espía, es exhibir la carga erótica asociada al personaje. La historia histórica pasa a un segundo plano; lo central son los encuentros íntimos, los bailes sensuales y el glamour decadente que rodea a la protagonista. La Cannon se encargó de subrayar esta orientación, fiel a su estilo de la época, volcada en cintas de género y productos de explotación comercial.
Fecha de estreno, contexto y recepción de la versión de 1985
La película de Mata Hari dirigida por Curtis Harrington se lanzó en el contexto de un mercado cinematográfico muy receptivo al erotismo de gusto ochentero. Aunque el foco no estaba en las críticas especializadas, sino en el rendimiento comercial, la cinta se estrenó a mediados de los años ochenta dentro del circuito habitual de producciones de Cannon, combinando estrenos en salas con una fuerte explotación en vídeo doméstico.
La fecha de estreno de esta versión de Mata Hari se enmarca en la segunda mitad de la década de los 80, un momento en el que el público ya conocía bien a Sylvia Kristel como estrella de cine erótico, especialmente asociada al fenómeno global de “Emmanuelle”. La productora jugó esa carta sin pudor, promocionando la película con carteles y materiales publicitarios que destacaban más el cuerpo y la sensualidad de la actriz que la dimensión histórica del relato.
Desde el punto de vista de la crítica, la película fue percibida en muchos casos como un biopic superficial y sensacionalista, incapaz de reflejar la complejidad real del personaje histórico. No faltaron reseñas que la calificaran de “ridícula” o “pobre” como reconstrucción de la vida de Mata Hari, subrayando que lo que se ofrecía era más bien un vehículo para lucimiento erótico de Kristel.
En contraste, el público aficionado al cine de explotación y al erotismo ligero de los ochenta encontró en ella exactamente lo que esperaba: una mezcla de intriga mínima, ambientación de época, uniformes militares y una Mata Hari que utiliza el sexo como arma en un tablero de guerra cargado de tópicos. El resultado, más que un drama histórico, es un entretenimiento de consumo rápido que alimenta la leyenda sin complicarse con matices.
Hoy en día, esta versión de 1985 se recuerda sobre todo como un producto muy representativo de su tiempo, tanto por su estilo visual como por su forma de abordar el erotismo, muy distinta de los estándares actuales. Frente a la solemnidad del film con Greta Garbo o el enfoque de autor del cine francés, la cinta de Harrington queda como uno de los ejemplos más claros de cómo el mito de Mata Hari fue transformado en puro reclamo erótico.
Entre la mujer real y la leyenda cinematográfica
Si comparamos la vida de la auténtica Margaretha Zelle con sus versiones en la gran pantalla, vemos que la distancia es enorme. La Mata Hari histórica fue una mujer con una biografía llena de contradicciones: artista autodidacta, madre, esposa de un militar con el que tuvo una relación tormentosa, superviviente en un entorno hostil, amante de militares que le daban sustento y, a la vez, figura frágil atrapada entre potencias enfrentadas.
El cine, en cambio, la ha convertido en un arquetipo de mujer fatal: siempre dueña de la situación, calculadora, seductora y capacitada para jugar con gobiernos enteros desde su tocador. La realidad muestra más bien a una persona que, cegada por la necesidad económica y por su propia mitomanía, sobreestimó su capacidad de moverse en el mundo del espionaje.
La propia Mata Hari contribuyó a su mito, adornando detalles de su vida y construyendo cuidadosamente una narrativa personal de grandeza y exotismo que en muchos casos no se correspondía con los hechos. Historias sobre su origen, su rango social y su supuesta nobleza javanesa formaban parte de esa auto-fabricación, que más tarde el cine se limitó a llevar al extremo.
Ni los tribunales que la juzgaron ni muchas de las películas que se inspiraron en ella han reflejado con fidelidad el grado real de su implicación en labores de espionaje. La historiografía moderna tiende a verla más como una víctima de un contexto político y mediático que necesitaba ejemplos claros de traición, y que encontró en su figura un objetivo perfecto: famoso, extravagante y femenino.
Todo este recorrido histórico y cinematográfico muestra cómo un personaje de carne y hueso, con luces y sombras muy humanas, ha terminado convertido en símbolo universal de la espía seductora, reinterpretado una y otra vez según las modas de cada época, desde el glamour clásico en blanco y negro hasta el erotismo explícito de los años ochenta.
A día de hoy, la Mata Hari de la vida real y la Mata Hari del cine siguen siendo dos figuras distintas pero inseparables: una mujer que fue ejecutada en 1917 tras un juicio cuestionable, y un mito que ha llenado pantallas con bailes exóticos, intrigas amorosas y secretos de Estado susurrados en la intimidad, especialmente en esa versión de 1985 donde Sylvia Kristel y la Cannon apostaron por el erotismo por encima de la historia, consolidando para siempre la imagen de la espía más famosa de todos los tiempos.