
La imagen del legionario romano jubilado paseando tranquilo por una colonia de Hispania puede sonar casi romántica, pero detrás había un sistema muy serio de leyes, impuestos y recompensas. El retiro de los soldados romanos en Hispania combinaba pensiones en dinero, reparto de tierras y fundación de ciudades enteras para veteranos, un modelo que se considera el antecedente directo de nuestras pensiones actuales.
Aunque hoy asociamos la jubilación con la Seguridad Social y los debates políticos, los romanos ya se peleaban por la edad de retiro, la sostenibilidad del sistema y el pago puntual de las recompensas. De hecho, muchas de las discusiones modernas sobre pensiones recuerdan muchísimo a los quebraderos de cabeza que tuvieron emperadores como Augusto o Tiberio cuando llegó el momento de pagar a miles de legionarios licenciados.
De la Ley de la cigüeña al nacimiento de las primeras pensiones
Antes de pensar en legiones licenciadas en Hispania, Roma ya se había preocupado por sus mayores mediante leyes de carácter social. Una de las normas más curiosas fue la llamada Ley de la cigüeña, o Lex cionaria, que obligaba a los hijos a hacerse cargo de sus padres ancianos, proporcionándoles alojamiento, alimento y cuidados básicos.
El nombre de esta ley no era casual: se inspiraba en la conducta de las cigüeñas, que en la mentalidad romana representaban la piedad filial, ya que se creía que estas aves cuidaban de sus progenitores cuando envejecían. Antes de existir una pensión como tal, esta obligación legal garantizaba, al menos sobre el papel, que nadie quedase completamente desamparado en la vejez.
Con el tiempo, el foco de la protección social se desplazó hacia quienes ponían el cuerpo en primera línea: los soldados profesionales del ejército romano. La profesionalización de las legiones y las largas campañas en territorios como Hispania hicieron necesario ofrecer recompensas sólidas al término del servicio, lo que dio pie al desarrollo de auténticos sistemas de jubilación militar.
Tras las reformas militares, especialmente las de Cayo Mario y las medidas de Augusto, Roma comenzó a compensar a los veteranos con tierras y dinero, ligados a un número determinado de años de servicio. Esa combinación de “pago único” y asentamiento en nuevas colonias es la base de la jubilación de legionarios romanos en Hispania.

Cómo funcionaba la jubilación de los legionarios romanos
El corazón del sistema de retiro militar romano fue el Aerarium militare, el tesoro militar creado por Augusto en el año 6 d.C., con un objetivo claro: financiar las pensiones de los veteranos que cumplían los años de servicio reglamentarios. Este fondo se nutría, entre otros ingresos, de impuestos específicos sobre herencias y ventas.
Los soldados que lograban completar su vida militar recibían un praemium, es decir, un pago de jubilación equivalente, en el Alto Imperio, a unos doce años de salario base. En tiempos de Augusto, eso se concretó en 12.000 sestercios para un legionario y 20.000 para un pretoriano, además de la posibilidad de obtener tierras en provincias como Hispania.
Este sistema no solo compensaba el sacrificio personal, sino que servía como potente herramienta de reclutamiento. Para muchos hombres libres sin propiedades ni oficios destacados, la milicia era el camino más realista para ascender socialmente, acumular ahorros, asegurarse un capital final y obtener el estatus de veterano, el codiciado “veteranus”.
Al licenciarse, el soldado debía recibir la honesta missio, la baja honorable, que acreditaba el cumplimiento del servicio. Para concederla se realizaban comprobaciones administrativas y se recogían testimonios de los compañeros de armas, lo que también servía de filtro frente a posibles fraudes.
Las recompensas podían consistir en dinero, tierras o una mezcla de ambas opciones. En muchos casos, el veterano podía instalarse en colonias fundadas ex profeso para jubilados o quedarse cerca de su antiguo campamento, algo muy habitual en Hispania, donde se fundaron auténticas ciudades militares de retiro.
Los años de servicio: del entusiasmo juvenil al cansancio de los veteranos
Ser legionario no era precisamente un trabajo de oficina. Los reclutas solían alistarse de forma voluntaria alrededor de los 18‑20 años, aunque en momentos de necesidad se reducía la edad o se recurría a levas obligatorias. Los meses iniciales se dedicaban a una instrucción durísima, comparable a un “CrossFit extremo” pero con armadura, escudo y marchas interminables.
En un primer momento, Augusto fijó el servicio en dieciséis años de milicia más cuatro de veterano, pero poco después, en torno al 5‑6 d.C., amplió el servicio a veinte años obligatorios, a los que se sumaban cinco de veterano de forma igualmente obligatoria. En la práctica, el servicio total subió a unos veinticinco años.
Esta ampliación, según las fuentes, se hizo sin aumentar de manera proporcional el estipendio, de manera que el soldado se veía obligado a permanecer bajo las águilas durante un periodo muy largo, algo que generó tensiones y motines en algunas legiones.
Autores como Tácito reflejan el desgaste físico y psicológico de estos hombres. Las quejas de los veteranos aludían a cuerpos agotados, décadas de servicio y heridas acumuladas, y hay testimonios de soldados que denunciaban el hecho de “doblar treinta o cuarenta años bajo el peso del servicio”.
En teoría, si un legionario entraba con dieciocho años y lograba superar campañas, enfermedades y batallas, podía salir con unos cuarenta y tres o cuarenta y cinco años. A ojos actuales puede parecer una jubilación temprana, pero con la esperanza de vida de la época, muchos nunca llegaban a verla.
Esperanza de vida, mortalidad y problemas para pagar pensiones
Los datos epigráficos y los estudios modernos indican que la mortalidad de los soldados era sensiblemente mayor que la de los civiles. Las inscripciones funerarias muestran que muchos legionarios fallecían entre los 27 y los 35 años, es decir, entre el séptimo y el decimoquinto año de servicio.
Si la mayoría moría antes de los veinticinco años de milicia, el Estado, en la práctica, solo pagaba la jubilación a una parte de los que habían firmado el compromiso inicial. Desde un punto de vista frío, al fisco le salía relativamente a cuenta: obtenía décadas de servicio y, en bastantes casos, se ahorraba el pago final.
Incluso así, hubo momentos en que la presión financiera fue enorme. Tras grandes guerras, como las campañas en el norte de Hispania, muchos soldados querían licenciarse a la vez, lo que suponía una avalancha de praemia que las arcas del tesoro militar no siempre podían soportar.
Cuando el dinero escaseaba, los emperadores recurrían a soluciones poco populares. Una de las medidas más habituales era prolongar arbitrariamente el periodo de servicio, retrasando la licencia para ganar tiempo y evitar el pago inmediato de las primas de jubilación, algo que generó descontento y revueltas en más de una ocasión.
Al mismo tiempo, se introdujeron nuevos impuestos para sostener el Aerarium militare. Destaca el “vicesima hereditatium”, un tributo del 5 % sobre herencias y legados, y la “centesima rerum venalium”, un 1 % sobre las ventas. Cuando el pueblo pidió la abolición de este último impuesto, Tiberio se defendió alegando que ese ingreso era la única fuente para pagar a los veteranos y que el Estado no podría sostenerse sin él.
Prima de jubilación, ahorro militar y ventajas del veterano
A lo largo de su carrera, el legionario podía acumular un pequeño ahorro con ciertos límites, normalmente en torno a los 250 denarios, además de disfrutar de algunas ventajas menores por su condición de militar en activo. No era una fortuna, pero sumado al praemium final permitía dar un salto social considerable.
Según Suetonio y Dion Casio, Augusto fijó la prima de jubilación en torno a 12.000 sestercios, es decir, unos 3.000 denarios, lo que equivalía aproximadamente a doce años del salario base de un legionario en la época flavia. Para muchos campesinos sin tierras, esa suma era sencillamente inalcanzable fuera del ejército.
Además del capital en metálico, los veteranos tenían la opción de recibir tierras en territorios conquistados. Esto permitía al Estado reducir el coste en dinero contante y sonante y, al mismo tiempo, utilizar a los exsoldados como colonos armados capaces de mantener pacificadas las nuevas provincias.
Esta práctica convirtió al servicio militar en una suerte de “plan de ahorro forzoso” de largo recorrido: durante veinticinco o veintiséis años se cobraba una paga regular y, al final, se obtenía un capital concentrado y, a menudo, un lote de tierra. Todo ello aderezado con el prestigio de ser “veteranus”, una etiqueta social muy respetada.
Los emperadores también utilizaban la promesa de estas recompensas como herramienta política y militar. En situaciones de emergencia, como desastres bélicos, podían llamar de nuevo a filas a veteranos licenciados, recordándoles los beneficios recibidos y prometiendo nuevas compensaciones si acudían de nuevo al servicio.
Ciudades hispanas creadas para veteranos: Emerita Augusta y León
El impacto de estas políticas se ve con enorme claridad en Hispania. La fundación de Emerita Augusta (la actual Mérida) en el año 25 a.C. es el ejemplo clásico: Augusto decidió crear allí una colonia para asentar a los soldados licenciados de las legiones V Alaudae y X Gemina tras las guerras cántabras.
La elección del lugar no fue casual. Los veteranos que participaron en la fundación buscaron un emplazamiento bien defendido, protegido por los ríos Guadiana y Albarregas, que actuaban como barreras naturales. A partir de ahí se levantó una muralla y se diseñó la ciudad siguiendo los cánones romanos, con todos los equipamientos propios de una capital provincial.
Emerita Augusta se convirtió en una especie de “resort para jubilados romanos”, aunque con mucha más política, comercio y monumentalidad de por medio. Los veteranos asentados allí disfrutaban de casas, tierras y acceso a infraestructuras de primer nivel, al tiempo que Roma aseguraba el control del territorio y reforzaba la romanización de la zona.
Con el tiempo, Mérida se dotó de todos los elementos de una gran ciudad romana: teatro, anfiteatro, circo, templos, termas, puentes, acueductos y una red viaria bien estructurada. Buena parte de lo que hoy se puede visitar en la ciudad extremeña procede directamente de esa condición de colonia de veteranos.
Otro caso ilustrativo es León. La actual ciudad se levantó sobre el campamento de la Legio VII. Lo que comenzó como una base militar estable acabó atrayendo a comerciantes, familias de soldados y veteranos que preferían permanecer cerca de sus antiguos compañeros de armas. De ese asentamiento continuado nació un núcleo urbano estable que, con el tiempo, se consolidó como ciudad.
Mérida: una “Roma” de veteranos en el oeste de Hispania
A día de hoy, pasear por Mérida es casi como recorrer un resumen al aire libre de lo que significaba una colonia de veteranos en Hispania. Fundada por Augusto para recompensar a sus soldados eméritos, se convirtió en un poderoso centro administrativo, militar y económico, además de un auténtico museo romano a cielo abierto.
El teatro romano, reconstruido en buena parte en el siglo XX, es considerado la joya monumental emeritense, con capacidad para unas seis mil personas. Su graderío se organizaba en zonas según la posición social y el frente escénico, con columnas corintias y esculturas, mostraba el lujo que podía alcanzar una ciudad poblada por veteranos acomodados.
Junto al teatro se levantó el anfiteatro, escenario de combates de gladiadores y luchas de fieras, espectáculos mucho más populares entre la plebe que las recitaciones de autores clásicos. Allí se han identificado estancias posiblemente dedicadas a la diosa Némesis, protectora de los gladiadores, y hoy la devoción ciudadana se centra más en figuras como Santa Eulalia, que acabó dando nombre a una de las calles principales.
El circo de Mérida es otro ejemplo sobresaliente. Su aforo multiplicaba por cinco el del teatro, y las carreras de cuadrigas eran el gran entretenimiento de masas. A menudo, los políticos locales financiaban estos espectáculos para ganarse el favor del pueblo, aprovechando los descansos entre carreras para lanzar mensajes electorales muy al estilo romano.
Además del ocio, la ciudad debía ser funcional. Los embalses de Proserpina y Cornalvo, todavía en uso, suministraban agua a través del acueducto de los Milagros, una obra que ilustra el nivel de ingeniería al servicio de una colonia de veteranos convertida en capital de provincia.
Vida urbana, comercio y cristianismo sobre la huella militar
La trama urbana de Mérida conserva también el recuerdo de su estructura romana original. La calle Santa Eulalia sigue el trazado del antiguo decumanus, la vía principal este‑oeste, y bajo algunos tramos aún se aprecian restos de la calzada y de las tabernae que flanqueaban la ruta.
Con el paso de los siglos, la ciudad veterana se fue transformando. Sobre los cimientos romanos llegaron los visigodos, después los árabes y, más tarde, la Mérida moderna. El museo de Arte Visigodo y la alcazaba árabe, con vistas privilegiadas sobre el puente romano, muestran cómo cada época reutilizó y reinterpretó la herencia de aquella colonia militar de retiro.
Incluso algunas leyendas locales, como la niebla asociada al martirio de Santa Eulalia, se superponen a la memoria de la antigua ciudad romana. Según la tradición, un denso manto de niebla cubrió Mérida para proteger la desnudez de la santa, una explicación piadosa que convive con las interpretaciones meteorológicas más modernas.
En el terreno de la movilidad, la antigua Emerita Augusta fue un nodo estratégico gracias a la Vía de la Plata, que la conectaba con Asturica Augusta (Astorga). Esa vía, transitada por soldados, comerciantes y funcionarios, reforzaba el papel de la colonia como eje de comunicaciones, un rol que recuperaría siglos después con la llegada del ferrocarril.
Collegia y redes de apoyo más allá del Estado
Aunque el Estado romano creó un sistema relativamente sofisticado para premiar a sus soldados, no todo el peso de la protección social recaía en las instituciones públicas. Existían también asociaciones privadas llamadas collegia, una mezcla de gremios, cofradías y clubes con fines religiosos y sociales.
En estos collegia se inscribían personas de muy distintos estratos: artesanos, comerciantes, vecinos de un mismo barrio o devotos de un culto concreto. Sus estatutos regulaban aportaciones, ayudas y derechos de los miembros, y en muchos casos ofrecían pequeñas prestaciones que el Estado no cubría.
Entre las funciones de estas asociaciones destacaban la organización de funerales dignos para los miembros más pobres, la distribución de alimentos o la ayuda mutua en momentos de necesidad. De este modo, complementaban los vacíos de la red oficial de protección, sobre todo para quienes no tenían acceso a los beneficios militares.
Con el tiempo, sin embargo, los collegia cayeron en manos de personajes poderosos que los utilizaron como trampolín político, instrumento de control de barrios o mecanismo para manipular precios y crear auténticas mafias locales. Ante este abuso, Augusto respondió con firmeza.
La Lex Iulia de collegiis disolvió la mayoría de estas asociaciones, salvo las más antiguas y respetadas, y estableció que cualquier nuevo collegium necesitaría una autorización específica del Senado. El objetivo era evitar que redes privadas se convirtieran en focos de poder paralelo capaces de desafiar la autoridad imperial.
Del sistema romano a las pensiones modernas en España
La palabra “jubilación” procede del latín “jubilare”, relacionado con la idea de gritar de alegría, y no deja de ser irónico si pensamos en el número de soldados que nunca llegaron a disfrutar de su retiro. Aun así, el modelo romano de compensar servicios largos con un pago y, en ocasiones, con tierras, fue dejando huella en la cultura jurídica europea.
En España, el verdadero germen del sistema moderno de pensiones se sitúa en 1908, con la creación del Instituto Nacional de Previsión, pensado para financiar el retiro de los trabajadores. A partir de ahí se irían encadenando reformas y nuevas leyes.
Una fecha clave es 1919, cuando se instauró el Retiro Obrero como primer sistema de jubilación pública y obligatoria. Durante el siglo XX, este esquema se transformó al compás de los grandes cambios políticos: la Segunda República, la dictadura franquista y la Transición democrática fueron ajustando prestaciones, edades de retiro y bases de cotización.
Con la Constitución de 1978 se configuró el modelo actual de Seguridad Social, reforzado y matizado por el Pacto de Toledo de 1995, que pretendía garantizar la sostenibilidad del sistema a largo plazo. Desde entonces, las reformas se han centrado en fijar la edad de jubilación, vincular las pensiones a la inflación y equilibrar ingresos y gastos.
Si se compara con el esquema romano, hoy la jubilación no se reserva solo a los soldados, sino que abarca a la práctica totalidad de los trabajadores. Sin embargo, los problemas de fondo siguen sonando familiares: cómo financiar el sistema, qué edad de retiro es razonable y qué nivel de prestaciones puede sostener la economía.
La jubilación de los legionarios romanos en Hispania aparece como una mezcla de recompensa, herramienta política y mecanismo de colonización. De las leyes que obligaban a cuidar de los mayores a los fondos militares financiados con impuestos, de las colonias de veteranos como Emerita Augusta a nuestros debates actuales sobre pensiones, se dibuja una larga historia en la que Roma fue, una vez más, pionera en algo tan humano como querer llegar a la vejez con un mínimo de seguridad y dignidad.
