
Cuando se habla de griots, se entra en un universo donde la palabra, la música y la memoria colectiva se entrelazan. Estas figuras, presentes desde hace siglos en amplias zonas de África Occidental, han sido algo así como los periódicos vivientes, los poetas oficiales y los guardianes de la historia de sus pueblos. A medio camino entre el juglar medieval europeo y el cronista, su papel ha ido cambiando, pero sigue siendo profundamente relevante, tanto en las comunidades africanas como en espacios culturales contemporáneos de todo el mundo.
En los últimos años, mientras se actualizan diccionarios, museos y festivales, también se ha renovado el interés por entender quiénes son los griots, qué instrumentos tocan, cómo se forman y por qué su función social va mucho más allá del simple entretenimiento. Desde las aldeas del antiguo Imperio de Mali hasta escenarios en Madrid, Lisboa, Johannesburgo o plataformas online de museos, la figura del griot se ha reconfigurado sin perder su esencia: custodiar y transmitir la memoria a través de la palabra y la música.
Qué es un griot y por qué es tan importante

Un griot es, ante todo, un depositario de la tradición oral. Se encarga de conservar y comunicar las historias de su comunidad: genealogías familiares, hazañas épicas, mitos fundacionales, batallas, grandes cacerías, matrimonios, nacimientos y episodios clave de la vida colectiva. En muchas regiones se le considera un archivo vivo, una memoria humana donde se guardan siglos de acontecimientos que, de otro modo, se perderían.
Su modo de contar no es neutro ni plano: el griot narra como un poeta y un narrador escénico, combinando relato, ritmo, melodía y dramatización. Sus intervenciones pueden ser solemnes y ceremoniales, o cercanas y hasta cómicas, según el contexto. Su capacidad para jugar con el lenguaje, la ironía y las referencias históricas lo convierte en una figura muy respetada… y a veces temida, porque su ingenio puede ser devastador si decide lanzar una sátira o una crítica pública.
A lo largo de los siglos, los griots han sido esenciales en buena parte de África Occidental. Acompañaban a reyes, emperadores y grandes linajes, y también servían a aldeas concretas. Prácticamente cada rey importante tenía su propio griot, y muchas localidades contaban con uno o varios griots que se encargaban de preservar la memoria del lugar y de mediar en los conflictos internos, gracias al respeto que inspiraban.
En la actualidad, siguen existiendo numerosos griots en países como Mali, Senegal, Guinea, Gambia, Burkina Faso o Costa de Marfil. Además, la figura del griot se ha reinterpretado en otros contextos, desde festivales de poesía y spoken word hasta museos y proyectos de memoria histórica en diferentes partes del mundo, lo que demuestra la vigencia de este modelo de transmisor cultural.
Nombres, etimología y variantes del término griot

Aunque hoy se ha popularizado la palabra griot, esta no es la única ni la original dentro de las lenguas africanas. En diferentes culturas y regiones encontramos denominaciones diversas para referirse a estas figuras. En las áreas mandé del sur, por ejemplo, se les llama jèli, mientras que en lengua wòlof reciben el nombre de guewel. Entre los serer aparecen palabras como paar, kevel, kewelo o kawul, y en pulaar (fula) se utiliza el término gawlo. En hassanía se les conoce como iggawen, en yoruba como arokin, y en soninké se usan designaciones como diari o gesere.
La etimología del vocablo “griot” no está del todo clara. Una hipótesis bastante extendida sugiere que podría proceder de una adaptación francesa de una palabra portuguesa: “criado”, que significa sirviente o criado, habría dado lugar a “guiriot” en francés, y de ahí se habría fijado finalmente la forma “griot”. Sea como fuere, la diversidad de nombres africanos muestra hasta qué punto se trata de una figura fundamental en múltiples culturas de África Occidental, cada una con su propia tradición terminológica.
En el seno de las lenguas mandé, además, existe el término jeliya, que puede traducirse como “profesión de músico” o “saber del griot”. Esta palabra remite tanto al conjunto de conocimientos que caracteriza a los griots como al propio oficio, y está relacionada con la raíz jali o djali, que, significativamente, puede vincularse con la palabra “sangre”, evocando la idea de una profesión transmitida por vía hereditaria dentro de ciertas familias.
En los últimos tiempos, algunos autores y artistas, como el poeta estadounidense Amiri Baraka o el cineasta congoleño Balufu Bakupa-Kanyinda, han defendido el uso de la forma y ortografía djali para referirse a estas figuras, subrayando así su vínculo con la tradición mandé y alejándose de la grafía francófona más extendida en Occidente.
Un oficio heredado: casta, familia y papel social
Históricamente, los griots han formado una casta profesional endogámica. Esto significa que pertenecen a un grupo social claramente diferenciado, que se especializa en el arte de la narración, la música y la preservación de la memoria, y donde el oficio pasa de generación en generación. Es muy habitual que un griot se case con otra persona de familia griot, y que la tradición y el repertorio se transmitan de padres a hijos, sobrinos o parientes cercanos.
En épocas pasadas, una familia de griots solía estar asociada de manera estable a una familia de reyes, jefes o emperadores. Mientras que el linaje real ocupaba un estrato claramente superior en la jerarquía social, los griots, aunque situados por debajo en estatus, desempeñaban un papel clave como consejeros, cronistas y guardianes de la memoria dinástica. En muchos reinos, se consideraba impensable gobernar sin el apoyo simbólico y narrativo de un griot.
Pero los griots no solo estaban ligados a las élites. En numerosas aldeas y comunidades, había griots “del pueblo”, que contaban las historias relacionadas con vidas cotidianas, conflictos locales y rituales de paso. En estos contextos, relataban episodios de nacimientos, defunciones, bodas, aventuras y otros eventos significativos, muchas veces acompañándose de instrumentos tradicionales y convirtiendo cada relato en un acontecimiento comunitario.
Otra de sus funciones esenciales ha sido la de mediadores en disputas. Gracias a su prestigio, su conocimiento detallado de la historia local y su habilidad verbal, podían acercarse a las dos partes enfrentadas sin ser agredidos o rechazados con facilidad. Su presencia facilitaba iniciar conversaciones de paz, recordar acuerdos antiguos o poner sobre la mesa ejemplos históricos que ayudaran a rebajar tensiones. Así, su papel se extendía más allá de lo cultural y se adentraba en la esfera política y social.
Es importante señalar que la profesión de griot nunca ha sido exclusivamente masculina. Hay muchas mujeres griot con talentos igualmente sobresalientes, reconocidas tanto por su capacidad narrativa como por sus habilidades musicales. Sus voces han sido cruciales en ceremonias, canciones de alabanza y relatos que ponen el foco en la experiencia femenina dentro de las comunidades africanas.
El arte de narrar: memoria, sátira y actualidad
El corazón del trabajo de un griot es la narración oral. Para cumplir con su misión, debe memorizar una enorme cantidad de historias, poemas épicos, proverbios y canciones tradicionales sin cometer errores graves, porque no solo se trata de entretener, sino de salvaguardar información histórica y genealógica que se transmite, en muchos casos, únicamente de viva voz.
Sin embargo, ese dominio de la memoria va de la mano de una gran capacidad de improvisación. Un buen griot no se limita a repetir de forma mecánica lo que aprendió de sus ancestros: también es capaz de adaptar los relatos a la situación presente, comentar sucesos recientes, introducir anécdotas improvisadas y reaccionar a lo que ocurre a su alrededor. De esta forma, los relatos se actualizan y dialogan con la realidad contemporánea.
Esta combinación de tradición e improvisación convierte al griot en una especie de cronista del presente. Puede hablar de hechos actuales, chismorreos, asuntos políticos o conflictos sociales, a menudo con un toque humorístico o satírico. En muchas ocasiones, se sirve de la ironía para poner en evidencia injusticias o comportamientos hipócritas, sin dejar de entretener al público que lo escucha.
Su ingenio verbal es uno de sus rasgos más admirados. Un comentario mordaz o una canción satírica de un griot pueden tener un impacto considerable en la opinión pública local, ya que sus palabras gozan de una autoridad especial. Esa mezcla de respeto y temor explica por qué tantos líderes, tradicionales o modernos, han buscado tener a los griots cerca, no solo como artistas, sino también como aliados simbólicos.
Instrumentos y música de los griots
Además de narradores y poetas, los griots son, en la mayoría de los casos, músicos muy virtuosos. Sus historias casi nunca se recitan en seco: van acompañadas de una rica base musical, ejecutada con instrumentos tradicionales de cuerda, de percusión y, en ocasiones, con instrumentos modernos integrados en contextos contemporáneos.
El instrumento más emblemático asociado a los griots es probablemente la kora, un arpa-láud de 21 cuerdas construida con media calabaza grande cubierta por piel de animal, que funciona como caja de resonancia. Las cuerdas, originalmente de tripa y hoy en muchos casos de hilo de pesca, se tocan con los dedos, produciendo un sonido delicado, hipnótico y muy reconocible. Muchos griots actuales se acompañan de la kora mientras cantan o recitan, creando una atmósfera sonora muy particular.
Junto a la kora, destacan otros instrumentos de cuerda como el xalam (o khalam), el ngoni, el kontigi y el goje (también llamado n’ko en mandinga). El xalam suele tener cinco cuerdas y, como la kora, utiliza una calabaza como caja de resonancia. El ngoni, considerado uno de los antepasados del banjo, suele contar con cinco o seis cuerdas y un sonido agudo y rítmico. El goje, por su parte, es un instrumento de arco, similar a un violín primitivo, que se toca frotando una sola cuerda o pocas cuerdas, generando un timbre penetrante y expresivo.
No se puede olvidar el balafón, un xilófono de madera con resonadores, que a menudo se asocia también a repertorios de griots. Sus láminas de madera, dispuestas sobre pequeñas calabazas, producen notas cálidas y profundas. En muchos conjuntos tradicionales, la combinación de kora, ngoni, balafón y percusión crea un entramado rítmico y melódico muy rico, donde la voz del griot se apoya para desarrollar sus grandes relatos.
Algunas investigaciones, como las recogidas en la Encyclopædia Britannica, señalan que ciertos laúdes punteados de África Occidental —como el konting, el khalam o el nkoni, mencionado por el viajero Ibn Battuta ya en 1353— podrían tener un origen remoto relacionado con el Antiguo Egipto. Incluso se ha planteado que el khalam podría haber sido un antecedente directo del banjo. En el sur de África aparece el ramkie, otro instrumento de cuello largo que se vincula a esta misma familia de laúdes.
Mitos, leyendas y la kora de Toumani Diabaté
Dentro del universo de los griots, no faltan las leyendas sobre el origen de sus instrumentos. Una de las más conocidas es la que solía contar el célebre griot de Mali Toumani Diabaté acerca de la kora que tocaba su ancestro. Según esta narración, la primera kora habría sido creada por uno de sus antepasados y, en su origen, contaba con 24 cuerdas.
El mito relata que este antepasado persiguió a su prometida hasta el interior de una cueva. Cuando salió, la mujer se había transformado en una kora. Para honrarla, el griot comenzó a tocar ese instrumento, al que dotó de 22 cuerdas. Más adelante, al morir el griot, se le retiró una cuerda adicional como tributo, quedando la kora con el número de cuerdas que la caracteriza en la actualidad.
Esta historia ilustra cómo, para los griots, los instrumentos no son simples herramientas musicales, sino objetos cargados de simbolismo y memoria. Cada kora, cada ngoni o cada balafón están ligados a linajes, episodios históricos y mitos familiares que refuerzan la conexión entre la práctica musical y la identidad colectiva.
En muchas familias de griots, se conserva un repertorio de relatos asociados a instrumentos concretos. Estas piezas no solo narran la procedencia de un objeto, sino que también recogen enseñanzas morales, ejemplos de valentía, advertencias sobre el abuso de poder o reflexiones sobre la pérdida y el duelo. De este modo, la música se convierte en vehículo de sabiduría acumulada.
Los griots en la actualidad: del África rural a los escenarios globales
Lejos de ser una figura del pasado, el griot tiene hoy una presencia destacada en contextos contemporáneos muy diversos. Siguen existiendo griots en aldeas y ciudades de África Occidental, donde cumplen funciones similares a las de antaño: amenizar ceremonias, transmitir la historia local, reforzar los lazos familiares y comunitarios, y mediar en conflictos. Sus servicios son especialmente valorados en bodas, donde cantan y cuentan la genealogía de las familias de los novios, y en funerales o rituales de transición.
Al mismo tiempo, la tradición griot ha sido heredada y renovada por músicos modernos que han llevado estos sonidos a circuitos internacionales. Artistas de Mali como Habib Koité o Soriba Kouyaté, de Senegal, son ejemplos de creadores que beben directamente de la tradición griot, integrando instrumentos como la kora o el ngoni en propuestas que dialogan con el blues, el jazz, el pop o el world music.
En este cruce de caminos entre lo ancestral y lo contemporáneo aparece también la figura del griot urbano, vinculado a escenas como el spoken word, el hip hop o la poesía escénica. Estos artistas mantienen el espíritu de la narración oral comprometida con la comunidad, pero lo adaptan a lenguajes musicales electrónicos, beats modernos y preocupaciones actuales como la migración, el racismo, la desigualdad de género o la memoria poscolonial.
Griots y Poético Festival: Siwo, Mutombo Da Poet, Koleka Putuma y Pongo
Un ejemplo claro de cómo la idea de “griot” se ha ampliado y reinterpretado lo ofrece la XIV edición de Poético Festival, celebrada el 12 de octubre de 2019 en La Casa Encendida (Madrid). Bajo el lema “Griots es Poetas”, el festival puso en el centro a artistas africanos y de la diáspora cuyos trabajos conectan con el legado griot, ya sea por su dimensión oral, su compromiso social o su manera de contar historias a caballo entre la tradición y la modernidad.
El primero en el programa fue Siwo, alter ego de Simonal Bie, un productor, vocalista, beat-maker, etnomusicólogo y bailarín de origen mozambiqueño afincado en Barcelona. Considerado uno de los pioneros del Afrobeat en España, fundó hace alrededor de una década la banda de Afro-Funk Moya Kalongo. Más tarde, en 2016, impulsó el proyecto Nu Epoque, centrado en una fusión de nu soul y electrónica con claras influencias de J Dilla y Fela Kuti. Su proyecto solo, Siwo, se presenta como una apuesta más personal en la que explora su identidad como artista multidisciplinar de la diáspora africana.
Tras publicar su EP en solitario “Stand For”, Siwo define su sonido como una “electrónica afrofuturista con pinceladas de hip hop, punk, soul y afrobeat”. Sus actuaciones en directo se caracterizan por una gran energía escénica que pone de relieve su versatilidad como músico, productor y performer. En el contexto del festival, la figura de Siwo se entiende como un griot del siglo XXI, que usa máquinas, samplers y sintetizadores en lugar de kora o balafón, pero mantiene el impulso de contar historias y abordar realidades sociales complejas desde la música.
El segundo gran nombre del cartel fue Mutombo Da Poet, uno de los pioneros y principales referentes del spoken word en Ghana. Desde que comenzó a actuar a mediados de 2006, ha compartido su poesía con públicos muy variados, tanto en su país como fuera de él. Su trabajo ha contribuido a abrir camino a nuevas generaciones de poetas que se acercan a esta forma de arte, en la que la palabra hablada, el ritmo y la presencia escénica son fundamentales.
Mutombo ganó el primer Ehalakasa Poetry Slam en 2009, fue poeta residente en el espacio “Bless Dóna Mic” y ha aparecido en numerosos medios de comunicación —páginas web, periódicos, emisoras de radio— que han difundido su obra. En 2012 lanzó su primer álbum, “Photosentences”, y desde entonces no ha dejado de publicar nuevas piezas de spoken word. Su figura encarna a la perfección la noción de griot contemporáneo que combina tradición, crítica social y exploración poética.
En el programa del festival también destacó la sudafricana Koleka Putuma, poeta, escritora y directora de teatro galardonada. Su libro de debut, “Amnesia Colectiva”, se ha convertido en un auténtico superventas en Sudáfrica. Desde su publicación en 2017, la obra ha sido reconocida como libro del año por el diario City Press, ha aparecido entre los mejores títulos según Sunday Times y ha sido señalada por el periódico El País como uno de los diez libros africanos traducidos al castellano más relevantes.
El trabajo de Putuma se adentra sin miedo en temas incómodos y vitales: la historia sudafricana, la experiencia de las mujeres negras, la homosexualidad, el patriarcado o la violencia estructural. Sus logros y premios dan buena muestra de su impacto: la revista Forbes la incluyó en la lista “Africa under 30” como joven promesa, la edición sudafricana de Marie Claire la señaló como una de las doce personas más rompedoras del futuro, y ha recibido reconocimientos como el Imbewu Trust Scribe Playwrighting Award (2018) o el Distell Playwrighting Award (2019).
Cerrando la programación, el festival contó con Pongo, una joven cantante portuguesa de origen angoleño que tuvo que huir de su país junto a su familia a causa de la guerra civil. Su historia personal y sus raíces africanas constituyen la principal fuente de inspiración de sus canciones. Pongo se ha consolidado como una de las grandes renovadoras del kuduro, un género que combina ritmos electrónicos, percusiones angoleñas y una energía bailable muy intensa.
Escribe y canta sus propios temas, proponiendo un kuduro mixto y progresista, donde mezcla la fuerza de sus raíces con una voz potente y rítmica, pero también frágil y emotiva. Su música invita constantemente a bailar y pone de relieve el poder de la danza como respuesta al conflicto. Para ella, mover el cuerpo no es solo reaccionar a una buena canción, sino una forma de lucha y de unión en tiempos difíciles. En este sentido, Pongo también puede entenderse como una heredera del espíritu griot, transformado en lenguaje urbano y global.
Los griots en los museos: el caso de ABHM
La figura del griot ha resultado tan sugerente que algunas instituciones culturales fuera de África han decidido adoptar este término para nombrar a quienes custodian y cuentan sus propias historias. Es el caso del America's Black Holocaust Museum (ABHM), un museo dedicado a la historia de la población afroamericana y a la memoria de la esclavitud, el racismo y la resistencia en Estados Unidos.
En ABHM, tanto los comisarios de las exposiciones online como los guías del museo físico son llamados “griots”. La idea es subrayar su papel como narradores de la historia, más que simples informadores. Estos griots reciben formación específica para acompañar a los visitantes a través de las salas, responder preguntas y fomentar el diálogo, ayudando a que cada persona pueda comprender y procesar lo que ve y siente durante el recorrido.
En su vertiente digital, el museo colabora con investigadores y especialistas de todo el mundo que ejercen de griots virtuales, encargados de estudiar, documentar y redactar los contenidos de las exposiciones en línea. Al utilizar este término, ABHM establece un puente simbólico entre la tradición oral africana y la construcción de memoria histórica en la diáspora afroamericana, reforzando el hilo que conecta el pasado con el presente.
La actualización del conocimiento: diccionarios y recursos digitales
El interés por los griots no solo se refleja en festivales y museos, sino también en obras de referencia académica y lingüística. Un ejemplo significativo lo ofrece la nueva edición en formato electrónico del “Diccionario del español actual”, publicada en 2023 por la Fundación BBVA, que parte de versiones anteriores aparecidas en 1999 y 2011, pero ampliadas y actualizadas.
Esta edición digital incorpora un doble nivel de información: una vista simple, similar a la de los diccionarios convencionales, y una vista avanzada que puede activarse para acceder a detalles sobre las funciones gramaticales de los términos que aparecen en las definiciones, así como a los textos y fuentes en los que se basan las entradas. Gracias a este enfoque, voces como “griot” se enmarcan con mayor precisión tanto en el plano lingüístico como en el cultural.
Además, el diccionario incluye nuevas funcionalidades pensadas para facilitar la navegación: las abreviaturas se despliegan al pasar el cursor sobre ellas; los términos lingüísticos, los modelos de conjugación y las referencias bibliográficas enlazan directamente con explicaciones detalladas; y todo el contenido, tanto definiciones como citas, resulta completamente navegable, permitiendo saltar de un concepto a otro con rapidez.
Esta forma de presentar la información refleja una tendencia más amplia hacia la digitalización del conocimiento, que afecta también al estudio de tradiciones orales como la de los griots. Del mismo modo que los relatos pasaban de generación en generación por vía oral, hoy muchas de esas historias, análisis y definiciones se recogen en publicaciones electrónicas, bases de datos especializadas y recursos en línea, donde investigadores, estudiantes y público general pueden consultarlos y seguir enriqueciéndolos.
En conjunto, la figura del griot —con sus múltiples nombres, instrumentos, mitos y reformulaciones contemporáneas— sigue siendo un eje fundamental para entender cómo las comunidades construyen, preservan y comparten su memoria colectiva. Desde los antiguos imperios de África Occidental hasta los escenarios de poesía urbana, los museos de historia afroamericana y los diccionarios digitales, el legado de los griots continúa vivo, adaptándose a nuevos formatos sin renunciar a su esencia: hacer que las historias sigan circulando, se escuchen y no se olviden.