Animales irracionales: entre filosofía, fe y ética animal

  • La noción de “animal irracional” contrapone la falta de razón animal a la racionalidad humana, pero suele ocultar connotaciones despectivas e injustas.
  • En el cristianismo, los animales irracionales carecen de alma racional, lo que fundamenta su diferencia con el hombre, aunque obliga a un trato responsable y sin crueldad.
  • La ética contemporánea vincula el concepto con los derechos de los animales y denuncia que nuestra irracionalidad humana se refleja en su abuso y explotación.
  • En la cultura y el lenguaje cotidiano, “animal irracional” funciona como metáfora que cuestiona tanto nuestro comportamiento como la manera en que nos relacionamos con otras especies.

animales irracionales

La expresión “animales irracionales” parece muy sencilla, pero en cuanto rascamos un poco aparecen debates filosóficos, religiosos, éticos y hasta cotidianos. Desde Kant o Aristóteles hasta un documental de La 2 o una serie de Netflix, el término se usa para hablar de la diferencia entre humanos y el resto de criaturas… y, a la vez, para poner en duda quién se comporta de manera más sensata.

En este artículo vamos a recorrer todas las caras de la idea de animal irracional: lo que dice la filosofía, lo que sostiene el cristianismo (sobre todo la tradición católica), las críticas modernas al concepto por su tono despectivo, el vínculo con los derechos de los animales y hasta cómo se cuela en columnas periodísticas, ensayos, reflexiones existenciales y libros de recuerdos familiares. Veremos también cómo, muchas veces, al hablar de animales “irracionales” acabamos retratando más bien nuestras irracionalidades humanas.

Qué significa llamar a un animal “irracional”

Cuando en el colegio nos repetían que el ser humano es un “animal racional”, se daba por hecho que todo lo demás era “irracional”. Es decir, los animales no humanos quedarían definidos precisamente por lo que les falta: razón, pensamiento abstracto, capacidad de deliberar sobre el bien y el mal, etc. Desde ahí se ha construido una contraposición tajante: nosotros pensamos, ellos solo actúan por instinto.

Sin embargo, varias voces han señalado que el término “irracional” arrastra una connotación de locura, necedad o sin sentido que resulta injusta cuando se aplica a los animales. Un usuario que discute sobre Kant lo ilustra con un ejemplo muy gráfico: decir que los animales son irracionales sería como afirmar que son “malos mecánicos” porque no saben arreglar coches. El problema no es que los arreglen mal, sino que sencillamente no pertenece a su ámbito de capacidades. No tiene sentido reprocharles que carezcan de algo que nunca se les ha dado.

Desde esta perspectiva, los animales no serían ni racionales ni irracionales: simplemente no disponen de razón en el sentido humano. Y al no tener esa facultad, tampoco tendría sentido acusarlos de usarla mal. La irracionalidad, entendida como uso torcido u opuesto de la razón, sería un asunto exclusivamente humano. Solo alguien que puede pensar racionalmente puede también desviarse de esa racionalidad.

Esta idea entronca con una intuición bastante extendida: las verdaderas “irracionalidades” graves (guerras, genocidios, fanatismos, crueldades organizadas) no se dan en manadas de lobos ni en colonias de hormigas, sino en sociedades humanas altamente complejas. Los animales, con sus límites y su instinto, rara vez se acercan al nivel de despropósito que alcanzamos los humanos cuando se nos va la cabeza.

La visión cristiana y católica de los “animales irracionales”

En el cristianismo, y de forma particular en la tradición católica, el término “animal irracional” tiene un uso muy claro y técnico: se refiere a toda criatura no humana que carece de alma racional. Ese matiz es importante, porque no se trata solo de que los animales no razonen “tanto” como nosotros, sino de que, a nivel teológico, pertenecen a una categoría distinta de ser.

La teología clásica, como la de Santo Tomás de Aquino en la Summa Theologica, distingue entre el alma racional (propia del hombre), el alma sensitiva (propia de los animales) y el alma vegetativa (propia de las plantas). Los “animales irracionales” entrarían en el grupo que posee sensibilidad, movimiento e instinto, pero no entendimiento intelectual capaz de abstraer, formular juicios morales o buscar un fin sobrenatural. Por eso se afirma que los animales no pueden recibir los sacramentos ni participar de la vida de la gracia como lo hace el ser humano.

Desde esta óptica, las acciones de los animales irracionales están guiadas fundamentalmente por el instinto y las inclinaciones naturales, no por una deliberación consciente sobre lo que es justo o injusto. Pueden mostrar comportamientos muy complejos, incluso una especie de inteligencia práctica o memoria, pero no alcanzan la capacidad de comprender conceptos morales universales ni de escoger libremente entre el bien y el mal en el sentido estricto en que lo hace una persona.

Ahora bien, que el hombre tenga “dominio” sobre los animales, como se desprende de la lectura bíblica, no significa que pueda usarlos sin límite. La doctrina cristiana subraya que ese dominio debe ejercerse con responsabilidad, bondad y evitando la crueldad. El maltrato injustificado hacia los animales se considera degradante para el propio ser humano, porque fomenta la insensibilidad y erosiona la compasión que luego deberíamos aplicar también a nuestros semejantes.

En este contexto, se insiste en que los animales no son responsables moralmente de sus actos. No se puede decir que un perro “peca” cuando muerde o que un león “obra mal” cuando mata a su presa. Carecen de la libertad interior que exige la moralidad humana. Al mismo tiempo, se advierte que el maltrato cruel a los animales sí puede tener consecuencias para el alma humana, al habituarnos a la violencia o al desprecio de la vida ajena.

En los primeros siglos del cristianismo, la etiqueta “animales irracionales” también se usaba en un sentido metafórico. Autores cristianos de la época patrística comparaban a las personas que se dejaban arrastrar completamente por sus pasiones, sin control de la razón, con bestias sin entendimiento. Esa imagen servía de advertencia moral: cuando renunciamos a la reflexión y al dominio de nosotros mismos, nos deshumanizamos y nos acercamos al nivel de lo puramente instintivo.

Además, la práctica de adorar animales en algunas religiones antiguas era criticada como una forma de idolatría irracional. Rendir culto a criaturas carentes de razón se consideraba un desvío del único Dios verdadero. Desde esta perspectiva, el problema no eran los animales en sí, sino el hecho de elevar a categoría divina algo que no participa de la racionalidad y que forma parte de la creación.

Derechos de los animales e irracionalidad humana

Una corriente mucho más reciente, procedente del ámbito ético y jurídico, plantea que el debate no debe centrarse tanto en si los animales son racionales o irracionales, sino en reconocer que “todo animal posee derechos”. La Declaración Universal de los Derechos de los Animales, inspirada en la de Derechos Humanos, arranca con un preámbulo contundente que vincula el desconocimiento de esos derechos con crímenes contra la naturaleza y contra los propios animales.

En ese preámbulo se afirma que el reconocimiento, por parte de la especie humana, del derecho a existir de las demás especies animales es la base de una coexistencia equilibrada en el planeta y de procesos como la polinización. También se hace un paralelismo inquietante entre la capacidad humana para cometer genocidio y el riesgo de que siga haciéndolo, recordando que el respeto hacia los animales está íntimamente ligado al respeto entre las personas. No se trata solo de ser “buenos” con los animales por compasión; es que la forma en que los tratamos dice mucho de cómo somos y de lo que estamos dispuestos a hacerle a otros seres humanos.

La Declaración insiste también en la importancia de la educación desde la infancia para observar, comprender, respetar y amar a los animales. Si desde pequeños se nos enseña que los animales son simplemente recursos o cosas al servicio de nuestros caprichos, es más fácil que normalicemos abuso, explotación y sacrificio indiscriminado, amparándonos en que “no son racionales” y, por tanto, valen menos.

Una plataforma por el trato ético a los animales, citada en un artículo de prensa, propone un giro de mirada muy significativo: si consideramos a los animales como “compañeros” o incluso “maestros”, podemos aprender muchísimo de sus vidas, de su resiliencia y de sus proezas. Verlos como objetos, en cambio, abre la puerta a acciones brutales que se justifican con facilidad cuando se considera que el otro no siente o no importa.

Esta visión ético-jurídica no se limita al campo o a las granjas. También mira a los zoos, circos, tiendas de animales, laboratorios y hogares, donde miles de animales “dan lo mejor de sí” (compañía, trabajo, entretenimiento, investigación científica) mientras el ser humano, muchas veces, responde “sin conciencia”. La paradoja es evidente: nos creemos la cima de la racionalidad y, sin embargo, permitimos o practicamos conductas claramente crueles contra seres vulnerables.

Humanos racionales, animales irracionales… ¿o al revés?

Volviendo al terreno filosófico y cotidiano, la vieja definición aristotélica del hombre como “animal racional” ha recibido todo tipo de reinterpretaciones críticas. Hay autores contemporáneos que, a la vista de cómo funciona el mundo, preferirían redefinirnos como “animal racional e irracional”, subrayando que en nuestra condición humana conviven, a veces en tensión constante, impulsos instintivos y capacidad de reflexión.

Una reflexión extensa y muy personal lo describe con un lenguaje casi literario: el ser humano es un animal con una carga biológica y fisiológica evidente, con un entramado afectivo, pasional e instintivo que solo controla a medias, y a la vez dotado de libertad, inteligencia, creatividad y amor. Nuestra racionalidad convive con una animalidad que a menudo se desboca si no se ve encauzada por éticas y morales (filosóficas o religiosas) que inviten a la moderación y al autocontrol.

El texto alude a la alegoría de la cuadriga de Platón: un carro tirado por dos caballos, uno noble y otro indómito, que simbolizan las diferentes fuerzas del alma humana. Estamos llenos de pasiones, deseos e impulsos que no siempre dominamos. De hecho, se recuerdan situaciones extremas en las que padres destrozan a hijos o hijos a padres, como muestra de hasta qué punto nuestras sombras pueden imponerse.

También se advierte de los riesgos de ciertos procesos históricos, sociales y políticos que, mal gestionados, pueden activar esa cara irracional de lo humano. Cuando unos presionan sin parar y otros callan durante años, el resultado puede ser un estallido repentino, un “volcán” de rencores acumulados que desencadena violencia y sufrimiento. La historia está llena de estos ciclos de trauma y resentimiento que se heredan de generación en generación.

En medio de este panorama, se propone como salida personal refugiarse en la propia paz interior, sin negar la realidad pero intentando que no nos destruya por dentro. El autor habla de la necesidad de cuidar el corazón, que no puede soportar un goteo incesante de tristeza, angustia y dolor. Al final, quienes han movido las piezas del tablero político suelen marcharse, y los que se quedan son las personas corrientes, con su propia animalidad e irracionalidad, obligadas a soportar las consecuencias.

Este enfoque termina retratando al ser humano como una criatura que es, a la vez, capaz de razones muy elevadas y de irracionalidades abismales. Mientras tanto, los animales no humanos siguen actuando según su naturaleza, sin planear genocidios ni diseñar sistemas de explotación masiva. La pregunta que flota en el aire es casi obvia: ¿quién es realmente el irracional?

Animales irracionales en la vida cotidiana, la cultura y los medios

La expresión “animal irracional” no se queda encerrada en manuales de filosofía o teología; salta continuamente a la vida diaria y a la cultura popular. Durante el confinamiento, por ejemplo, muchas personas descubrieron (o redescubrieron) documentales de naturaleza en la televisión pública. Al observar cómo viven y se organizan los animales, surgía una comparación involuntaria con nuestro propio comportamiento social, y también se recordaba cómo la contaminación lumínica altera sus ritmos.

Una columna relata cómo, viendo esos documentales en La 2, no aparecía ningún animal que renunciase voluntariamente a su libertad para meterse en una jaula y observar cómo otros de su especie se exhiben. Los animales irracionales, dice con ironía, tienen la suerte de no conocer el dinero ni la televisión, así que jamás se conducirán de manera tan disparatada como nosotros, que muchas veces nos encerramos gustosos en rutinas y sistemas absurdos.

Ese mismo texto recurre al mito griego del Minotauro, mitad hombre mitad toro, para simbolizar al ser humano que se deja llevar por su parte bestial sin guía de la razón. Somos nosotros mismos cuando la racionalidad no entra en juego para distinguir entre lo adecuado y lo absurdo. La imagen sirve como espejo incómodo: el monstruo no es un otro externo, sino algo que puede despertar dentro de cualquiera.

El periodista italiano P. Aprile, en su libro “Elogio del imbécil”, añade otra capa a este análisis. Sostiene que los medios de comunicación tienen el poder de amplificar la estupidez colectiva o, por el contrario, frenarla si se programan contenidos inteligentes. Las sociedades humanas, advierte, corren el riesgo de convertirse en rebaños manipulables. Nuestra salvación está en la capacidad de tomar decisiones reflexivas y críticas, aunque no siempre se nos eduque para ello.

En este marco, el cerebro humano se presenta como un órgano diseñado para resolver problemas, no para crearlos. Sin embargo, en la práctica, muchas “mentes pensantes” parecen especializarse en generar conflictos. De aquí surge una pregunta retórica que resume el sentir de muchos: ¿quién se comporta de forma más irracional, los animales no humanos o ciertos seres humanos que, supuestamente, son racionales?

Metáforas bíblicas y críticas a la conducta humana

En algunos textos inspirados en la tradición bíblica y cristiana, la comparación entre personas y animales irracionales se utiliza para denunciar comportamientos humanos muy concretos. Se habla de individuos que “no entienden nada, lo hacen todo por capricho y discuten sobre lo que no comprenden”, y se los equipara a animales destinados a ser atrapados y sacrificados.

Este tipo de lenguaje simbólico es duro, pero pretende subrayar el escándalo moral que provoca ver a personas cometiendo maldades a plena luz del día, creyendo que la felicidad reside en hacer todo lo que se les antoja. La vergüenza no solo procede de los actos dañinos, sino también del ruido y el exhibicionismo con que se practican, incluso en contextos religiosos o comunitarios.

Otra imagen recurrente es la de los “lobos” que imitan la conducta de figuras como Balaam y Coré, personajes bíblicos asociados al egoísmo, la codicia y la división. Estos lobos, que pueden entenderse como líderes o personas de influencia, cruzan comunidades sembrando conflictos y caos. Su aullido, metafóricamente, resuena en el interior de quienes se dejan arrastrar por el egoísmo.

En este relato, el lobo no es un simple animal irracional, sino un símbolo de la faceta destructiva del ser humano. Las acciones de estos “lobos humanos” conducen a la destrucción, recordándonos que hay un precio que pagar por seguir sus pasos. La comunidad de fe es llamada a estar vigilante, a no dejarse devorar por estas dinámicas que desgarran la convivencia.

Resulta interesante que la figura del animal irracional sirva aquí para criticar nuestra propia irracionalidad. Al hablar de lobos que dividen o de personas que se comportan peor que animales destinados al sacrificio, en el fondo se está denunciando cómo, teniendo razón y libertad, optamos por caminos que van contra nuestra dignidad y contra el bien de los demás.

Animales irracionales en la literatura, la memoria y la ficción

Más allá de los grandes sistemas filosóficos o teológicos, la expresión “animales irracionales” también aparece en contextos mucho más íntimos y narrativos. Un ejemplo lo encontramos en un libro nacido del amor por la acuarela y por una casa familiar en el Valle de Arán. El autor, de vacaciones, decide pintar uno a uno los animales representados en las paredes de la vivienda situada en la calle San Jaime, nº 4, en la villa de Les.

Ese proyecto pictórico se transforma en un libro dedicado a recordar a los animales irracionales que compartieron la casa de una u otra forma. El autor aclara, con un guiño, que solo piensa en los irracionales; de los otros animales, es decir, los humanos, prefiere no ocuparse por ahora. Cada animal viene acompañado, cuando es posible, de pequeñas anécdotas y vivencias pensadas para el disfrute de sus protagonistas.

En los casos en que no había anécdotas personales suficientes, el autor se puso a investigar sobre esos animales, recurriendo a fuentes como Wikipedia y otros recursos de información. El resultado fue tan interesante como instructivo, mostrando que incluso un proyecto surgido de una idea “peregrina” puede convertirse en una exploración profunda del vínculo entre una familia y los seres que han habitado su entorno.

En otro registro muy distinto, una crítica cultural describe a un actor como “animal escénico”, jugando con la idea de animalidad para resaltar la energía arrolladora de su presencia en pantalla. La serie en la que participa, una comedia ambientada en Galicia y disponible en una gran plataforma de streaming, se centra precisamente en nuestras excesivas atenciones irracionales hacia los animales de compañía.

La ficción muestra a personas que tratan a sus mascotas como perrihijos, que les pintan las uñas o acuden al veterinario preocupados por la supuesta depresión de un conejo en un piso. A la vez, aparecen subtramas sobre corrupciones ganaderas y abusos laborales, y un protagonista que pasa de ser veterinario rural a médico de mascotas en una tienda-boutique. La serie, con tonos de comedia melancólica, funciona como espejo de hasta qué punto nuestros comportamientos hacia los animales pueden resultar exagerados, contradictorios e incluso cómicos.

La crítica señala que, aunque la producción esté salpicada de ciertos guiños a la corrección política, el gran acierto está en retratar con gracia nuestros “excesos irracionales” hacia los animales. Se muestra cómo, a veces, volcamos en ellos afectos, culpas y necesidades que no sabemos gestionar en el ámbito humano. Aun así, la serie se queda corta cuando se trata de abordar las grandes preguntas existenciales, más allá de cerrar tramas y ajustar cuentas emocionales.

En todas estas manifestaciones -libros de recuerdos, reseñas de series, artículos periodísticos- el término “animal irracional” se utiliza tanto en su sentido literal como en uno metafórico. Sirve para hablar de perros, gatos, vacas o aves que comparten nuestra vida, pero también para referirnos a personas que actúan guiadas por impulsos poco reflexivos, o a artistas que desbordan energía instintiva sobre el escenario.

Al final, el uso de la expresión revela más sobre cómo nos vemos a nosotros mismos que sobre los propios animales. Cuando decimos que alguien “es un animal” o “se comporta como un animal irracional”, estamos juzgando su capacidad -o su negativa- a usar la razón que se supone nos define como especie.

Todo este recorrido, desde Kant hasta la televisión, desde la teología a los derechos de los animales, desde el mito del Minotauro a la serie sobre veterinarios y “perrihijos”, nos deja un panorama complejo: los animales no humanos actúan conforme a su naturaleza, sin pretensión de ser racionales, mientras que los humanos, orgullosos de nuestra racionalidad, alternamos decisiones lúcidas con comportamientos que rozan el sinsentido. Llamar “irracionales” a los animales puede quedarse corto o incluso sonar injusto; quizá la verdadera tarea pendiente sea aprender a usar mejor nuestra propia razón y, de paso, relacionarnos con el resto de criaturas con más respeto, humildad y coherencia.

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