La historia de las termas romanas

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Se cuenta que Popea, la esposa de Nerón, considerada por sus contemporáneos como la mujer más coqueta de la historia romana se bañaba en leche de burra. Igualmente, la célebre reina de Egipto, Cleopatra, hacía fundir perlas en vinagre para mezclarlas con el baño. Verdaderos o falsos, estos relatos tienen un sentido: recuerdan que el baño ocupaba un lugar predominante en la vida de las mujeres de la Antigüedad.

En efecto, mujeres y hombres, además de llevar una higiene cotidiana, acuden a las termas o baños públicos para distenderse, charlar, y lavarse. Una ciudad de cierta importancia tenía que poseer unas termas.

En Roma, los baños del gobierno, o termas imperiales eran gratuitas. Toda la población podía acudir. Esta iniciativa permitía concretamente tener controladas las enfermedades. Ciertas estructuras, como las del emperador Caracalla, eran inmensas y poseían un lujo extremo. Las termas se convirtieron en instrumento político y de propaganda.

Incluso en las ciudades modestas, las termas eran enormes establecimientos donde los clientes se pasaban largas horas. A veces había un gimnasio pegado a las termas. Los hombres podían hacer ejercicio y lavarse y relajarse en los baños que estaban junto a los centros de deporte.


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